martes, 29 de marzo de 2011

uN Dia De LLuVia

Hoy has vuelto a aparecer en mi vida. Has hecho presencia entre mis silencios, y me has seguido camino a casa.
Te paraste en aquel cesped que está frente al ambulatorio, y te quedaste un ratito oliendo las hierbas, materializando en tu mente el olor de la vida. Yo estaba ausente, en otra parte, contigo. Mis pies no dejaban de avanzar, como si respondiesen a un comportamiento aprendido. Pero te esperaba a ti. A ti, y a tu conversación con la vida. Entonces te percataste de que te esperaba y continuaste, y pasaste como un rayo delante de mi.
Me acompañaste en el corto camino que quedaba hasta casa. Paraste en cada esquina, y subiste para después bajar por la rampa de la residencia de ancianos que tanto nos gustaba. Cuando llovía, yo subía y tú me seguías el juego. Llegué al portal y te sentí subir con prisa las escaleras. Como siempre hacías cuando llovía. Te sentí sacudirte antes de que abriese la puerta y meterte tras de mi en el ascensor. Te sentí erguirte. Tú hacías eso para que te quitase el collar. Te ponías de pie y apoyabas una de tus patas ligeramente en mis rodillas. Y esperabas paciente a que te lo quitase. La puerta del ascensor se abrió y tú saliste delante de mi. Te sacudiste de nuevo, y esperaste a que te abriese la puerta de casa.

Cariño, ¿cómo se mata esta tristeza que me apalanca en un pasado insostenible? Entré. Los días de lluvia te dejaba fuera unos minutos, los necesarios para subir arriba, coger una toalla y bajar a secarte. Tú entonces te rebozabas en el felpudo, y gruñias de gozo. Eras un perro feliz. Hoy no te dejé entrar, ni subí a buscar la toalla para secarte. Hoy, sencillamente, necesité cerrar los ojos y olvidar que te estaba viendo, olvidar que estabas ahí. Y mis ojos se inundaron de lágrimas mientras se me hizo un nudo en la garganta. Fue como dejar mi vida fuera y entrar con esa parte de mi que no conozco desde que te fuiste. Paso mis días con una desconocida que me quiere autoconvencer de que ya no estás, y de que se puede vivir así. Y yo le hago caso. Hasta que regresa la Cynthia que te amó hasta los absurdos, la Cynthia que te necesita, la que no te oculta, y la que no se miente a sí misma. Por eso siempre acabo llorando. Es una lucha entre quien soy y quien debo ser. Y tú formas parte de lo primero. Algún día viviremos en paz los tres. Tú y yo, y esta extraña que me habita.. y que quiere disfrazarme de un yo que te desplaza.



Oliver, te quiero. Te quiero con todo mi corazón.