ya hace mucho tiempo desde que te fuiste de mi lado. Mañana hace dos años. Parece más. Mis manos ya no guardan tu calor, y ya no buscan atraparte en el tiempo, por si aún permanecieses ahí. Mañana es 5 de Mayo. A las 5 de la tarde de hace dos años mi vida se volcó, como quien tira un vaso y derrama el agua. Tú te fuiste, pero no de cualquier forma. Te hicieron daño, y mi cuerpo, mi corazón, mi mente, retumbaron mil veces cien, buscando protegerte, sin conseguirlo. Tú y yo éramos una unidad, y el mundo vibraba por donde tú y yo pisábamos.
Han pasado dos años. Mi mente a veces intenta, en un intento desesperado por reconstruir el puzzle de lo que ocurrió aquel día, por temor a olvidarlo, reconstruir las piezas. Quiere grabar a golpe de matasellos tu imagen en mi corazón. Para que ni el tiempo se atreva a borrarte. A ti no.
Era miércoles, y yo estaba enferma. Llevaba una semana con mucha fiebre, y tenía prohibido bajarte a la calle. En casa habían acordado que se turnarían para bajarte. Tú no entendías nada. Tú y yo llevábamos algunos meses sin ir a dar paseos de esos largos, que tanto nos gustaban. Yo te había prometido que en cuánto terminase los exámenes te lo compensaría. Quería pasar el mejor verano de mi vida a tu lado. Sólo tenía que llegar Junio. Papá siempre dice que todo en esta vida llega. Pero papá no cuenta con lo que nadie cuenta. Un día cualquiera del año, todo se puede terminar. Y tus esfuerzos han sido en vano. Como pasó contigo. Mi única ilusión, mi motor para estudiar y sacar la carrera con sobresalientes, eras tú. Y me mataba para darte lo mejor, porque para mi eras lo mejor. Y pensé que si nos sacrificábamos un poco los dos, tendríamos nuestra recompensa. Porque todo llega.
No, papá. No todo llega. A veces, cuando estás a punto de llegar a la escalera número cien, después de haber subido las 99, cada cual más empinada, con lluvia, y volviendo muchas veces tres escaleras o cuatro más abajo, levantarte y tener que volver a empezar, llegas a la número 99 y el escalón se abre, y la escalera número cien desaparece. Puede pasar. A mi me pasó.
El 5 de Mayo, cuando ya me quedaba una sola escalera para pasar el mejor verano de mi vida a tu lado, cuando ya casi me había puesto buena y apenas tenía fiebre, cuando deseaba con toda la fuerza del corazón estrecharte, un coché pasó veloz como un rayo a las 5 de la tarde, y tú te quedaste dormido bajo sus ruedas.
Llevabas ladrando desde hacía media hora y yo no alcanzaba a saber porqué. Habías salido hacía poco, y no sabía qué querías. Le pedí a Bárbara que te bajase. Yo no podía, aún estaba enferma. Te pusiste feliz. No te puse la correa, y se la di a Bárbara en la mano. Estabas habituado a ir suelto, porque yo siempre te llevaba suelto. Bárbara me dijo que te tiraste a la carretera, sin haber nada al otro lado. Nada especial. Sólo la Alameda. Un atasco de doble fila hizo que el coche del carril del otro lado no te viese, y te golpease. Bárbara te cogió en sus brazos, y abrazó tu sufrimiento. La casualidad quiso que yo ese día no mirase por la ventana. Yo siempre miraba. Me gustaba veros hasta que desaparecíais. Pero ese día no miré. No habría podido soportarlo.
Bárbara volvió a casa a la media hora. Yo estaba preocupada porque tardabais, más de lo normal. Bárbara además había quedado, y no entendía cómo podíais estar tardando tanto. Estaba segura que habría un motivo de peso. Pero nunca, jamás, se me pasó por mi cabeza aquello. Aún se me empañan los ojos al recordarlo. Mi retina grabó como si fuese una fotografía el instante en que vi entrar a Bárbara sin ti. Se me empezaron a agolpar en mi mente un sinfín de preguntas, de las que no quería respuesta. Lo único que quería era verte a ti. Me temblaba la voz, y Bárbara me evadía la mirada. Estaba en otra parte, como intentando disimular aquello. Como procurando que el tiempo se parase, retroceder media hora atrás en el tiempo, y que no tuviésemos que afrontar ninguna de las dos esa realidad.
-Bárbara, ¿y el perro?
-Será mejor que te sientes, Cyn.
Volví a preguntar lo mismo. No quería sentarme. Me temblaba todo. Me sudaba el cuerpo por todos los poros de la piel, y la respiración se me aceleró. Empecé a gritar que por favor me dijese, dónde estabas. Me dijo entre lágrimas, que te habían atropellado.
Me cansé de llorar, de gritar, me cansé de vivir, y en ese momento sólo te necesitaba a ti. Faltaba un mes Oliver. Un puto mes. Y se acabaría todo. No era el momento. Teníamos una promesa que cumplir juntos. Yo te necesitaba.
Te enterré en Monterraso, en la finca de los abuelos. Pero tú siempre estarás en mi corazón. Pasé Mayo encerrada en casa, estudiando. Ya no me motivaba nada, ya no tenía ilusión porque llegase Junio, y se me volvió indiferente si tenía que volver 99 escaleras abajo. Habría subido 99 veces 99, con tal de que al llegar arriba, tú me esperases arriba. Pero tú ya no estabas. Seguí estudiando ese mes, con el corazón encogido, lleno de llagas. Lo hice porque te lo prometí a ti. Y porque tú habrías querido que cumpliese mi promesa. La cumplí, pero tú ya no estabas para celebrarlo a mi lado.
La vida es injusta. Yo sólo te quería a ti, y me dejaste en el momento que más falta me hacías. Dicen que los perros no teneis alma. Yo no sé si la teneis o no. Pero si es cierto que no la teneis. Yo quiero ir a donde vosotros vais. Habría sufrido tu golpe por mi. A mi no me habría matado el impacto, y seguramente habrías pasado ese verano a mi lado.
Un año y dos meses después del accidente, Bárbara me regaló a Poe. Un perrito precioso que llegó a la protectora del Morrazo despues de que alguien lo abandonase junto a sus hermanos en el Lago Castiñeiras.
La llegada de Poe a casa coincidió con la boda de Bárbara, y con mi santo. Bárbara sabía de mi necesidad de llenar ese hueco que tú dejaste, y me lo regaló días antes de la boda. La boda fue preciosa. Mágica. Y ella iba guapísima.
Poe este mes cumple un año, y yo empiezo los exámenes otro Junio más. El mundo no se para aunque le chirríe algo dentro.
Siempre serás mi perrito precioso, que iluminó mi vida igual que El Sol hace brillar La Tierra. Te quiero en todos los idiomas, y sé que en algún lugar estás, y que nos encontraremos algún día. Y entonces, ya nunca, nunca, te soltaré más.
A mi amor pequeño.
A mi perrito Oliver.



