Hace casi tres años que no estás. Y hace mucho tiempo que no te escribo. Me acostumbré a no tenerte a mi lado, y a disfrutar de lo que la vida me ofrece cada día. Sin embargo, esta noche, después de tantas noches sin ti, he soñado contigo. El mes que viene hace tres años que no estás aquí.
En mi sueño, te encontré mientras paseaba por la Alameda. Y cuando me viste, viniste contento a junto de mi. Y te abracé, como se abraza la propia vida. Y te llevé a casa, a pesar de la confusión que para mi suponía el que estuvieses ahí, y vivo. Alejandro me dijo que si tú estabas vivo, había enterrado el cuerpo de otro perro cuando tú te fuiste. Y le dije a Alejandro que no, porque yo fui quien te metió en aquella bolsa, y quien te enterró. Tras el accidente, te tuve en mis rodillas, te acaricié y te cuidé, deseando que tú en cualquier momento me despertases de aquella pesadilla. Pero eso no sucedió, y te enterré en Monterraso.
En mi sueño tú estabas vivo. Habias envejecido, porque por ti habian pasado estos tres años que hemos estado separados. Pero conservabas tu esencia, la que me cautivó cuando te conocí. Alejandro no tenía razón. Tú eras el mismo perro que yo había enterrado en el 2010. Pero eso no podía ser. Y pensé que quizá, me estaba volviendo loca. Quizá mi deseo por volver a tenerte de nuevo me hizo imaginar aquello. Y, de cualquier forma, era feliz en esa realidad.
Te saqué de paseo. Recorrimos las calles de Pontevedra. Nadie se fijó en ti, nadie me preguntó. Fuiste, eres y serás siempre el perro más querido. A veces te echo de menos. Hoy eres un recuerdo difuso en mi cabeza, pero por momentos eres ese todo que un en un tiempo fuiste. Fuiste mi pasado, mi presente y mi futuro, hasta que el futuro se derrumbó. Ahora construyo un futuro diferente, donde siempre hay un lugar sagrado dedicado a ti. Porque contigo crecí.
Gracias cariño, por dármelo todo.