Ayer al mediodía me pasó algo que no me había pasado hasta ahora. Cuando volvía a casa de la facultad, me quedé parada en el portal que da a la calle. Se había convertido en una rutina esperada a diario el comer rápido para sacarte. El miedo me paró un poco antes de llegar al portal. Me daba miedo el subir y que no estuvieses, el no verte, el tener que acostumbrarme a no tenerte. Me quedé un rato allí quieta, pensando en todo aquello. Yo sabía que cuando llegase arriba no iba a poder subir y saludarte como siempre, por eso no quería subir. Se volvió tan vacía mi vida desde que tú te fuiste. Papá y mamá dicen que tengo que buscar nuevas ilusiones, que intenté rehacer mi vida de antes. La de antes de tenerte. Pero mi vida de antes no tenía la ilusión ni la magia diaria que viví contigo. No era una vida triste, pero tampoco era plena. No hay nada que me llene desde que te fuiste. Un simple paseo contigo me hacía la persona más feliz en el mundo. No buscaba parafernalia. Tú fuiste mi sueño, y quería tenerte en todo momento. Eras el único que me acompañaba sin juicios. Te echo de menos. Ya van tres semanas amigo.
La gente me dice que sólo eras un perro. Pero se equivocan. No eras sólo un perro. Eras mi perro. Eras lo único que pedí en toda mi vida. Cada persona tiene una manera diferente de entender la felicidad. Tú eras la mía.