Cuando nos enteramos de la muerte de alguien muy querido lo primero que sucede es que decimos "no puede ser".
Pensamos que debe ser un error, que no puede ser, decimos internamente que no, pensamos que es demasiado pronto, que no estaba previsto, que en realidad "estaba todo bien"...
Esta primera etapa se llama la etapa de la incredulidad.
Y aunque la muerte sea una muerte anunciada, de todas maneras hay un momento donde la noticia produce un shock. Hay un impasse, un momento de negación y cuestionamiento donde no hay ni dolor; la sorpresa y el impacto nos llevan a un proceso de confusión donde no entendemos lo que nos están diciendo. Por supuesto que cuanto más imprevista, más inesperada, sea la muerte, cuánto más asombrosa sea la situación, más profunda será la confusión, más importante será el tiempo de incredulidad y más durará.
Esto tiene un sentido, [...] "economizar" la respuesta cicatrizadora si la cosa no tiene importancia y es algo que va a pasar rápidamente; bien, la psiquis[...] se protege hasta evaluar... por las dudas... por si fue un error... por si acaso sea yo el que haya entendido mal. Nos protegemos desconfiando de la realidad, entrando en confusión para permitirnos la distancia de esta situación.
No se puede pasar directamente de la percepción a la acción o de la percepción al contacto, va a tener que existir un proceso, va a tener que pasar un tiempo. Y este tiempo que hace falta se logra forzando mediante este pequeño congelamiento del shock la no-respuesta.
Así que la primera cosa que va a pasar es que la persona va a tener un momento donde va a estar absolutamente paralizada en su emoción, en su percepción, en su vivencia y lo que va a tener es un momento de negación, de desconfianza, un tiempo de impasse entre la parálisis y el deseo de salir corriendo hacia un lugar donde esto no esté pasando, la fantasía de despertar y que todo sea nada más que un sueño.
Esta etapa puede ser un momento, unos minutos, unas horas o días como sucede en el duelo normal, o puede volverse una negación feroz y brutal. En los niños esta historia funciona a veces con un riesgo absoluto; y mientras el mundo y su familia están evolucionando el chico está como si no hubiera pasado nada, está paralizado en esta situación, en realidad negando todo lo acontecido porque no saber por dónde metabolizarlo. A veces pasa, en medio de un velatorio, con un chico que tiene 10,12,15 años y a veces más y está como si nada. Uno piensa que debería ser totalmente consciente de lo que está pasando y entonces pregunta:
-¿No quería a su abuelo, a su madre, a su hermano?
-Lo quería muchísimo, estamos todos muy sorprendidos.
Está en esta etapa de la incredulidad, a veces en situación de negación patológica y muchas otras en una normal respuesta de defensa frente a lo terrible, un intento no demasiado consciente de NO enloquecer.
[...] Lo fundamental no es la negación sino un estado confusional. La persona en cuestión no entiende nada, no sabe nada de lo que pasa y aunque aparezca a veces muy conectado no tiene cabal registro de lo que está sucediendo.
Cuando se consigue traspasar esa etapa de incredulidad no tenemos más remedio que conectarnos con el agudo dolor del darnos cuenta.
Y el dolor de la muerte de un ser querido en esta etapa es como si nos alcanzara un rayo. Después de todos nuestros intentos para ignorar la situación, de pronto nos invade toda la conciencia junta de que otro murió. Y entonces la situación nos invade, nos desborda, nos tapa, de repente un golpe emocional tan grande desemboca en una brusca explosión.
Esta explosión dolorosa es la segunda etapa del duelo normal. Es la etapa de la regresión.
¿Y por qué la llamamos "regresión?
Porque lo que en los hechos sucede es que uno llora como un chico, uno patalea, uno grita desgarradoramente, demostraciones para nada racionales del dolor y absolutamente desmedidas. Actuamos como si tuviéramos cuatro o cinco años. NO hay palabras concretas, no decimos cosas que tengan sentido, lo único que hacemos es instalarnos en estado continuo de explosión emocional. Intentar razonar con nosotros en ese momento es tan inútil como sería explicarle a un niño de cuatro añitos por qué su ranita fue aplastada por un auto.
En esta etapa tampoco hay ninguna posibilidad de quien está de duelo nos escuche. El de la primera etapa porque estaba en shock por la noticia, negando, evitando y confundido; este otro porque está desbordado por sus emociones, absolutamente capturado por sus aspectos más primarios, sin ninguna posibilidad de conectarse, en pleno dolor irracional.
Así como en la herida física de pronto el dolor me avisó y me di cuenta de que me había lastimado, y cuando supe empecé a sangrar, así mismo cuando las emociones desbordadas empiezan a salir para afuera, empiezo a sangrar.
Y la sangre que sale ahora no es de la tristeza. [...] Se llama etapa de la furia.
Ya he llorado, ya he gritado, ya he moqueado, ya me he arrastrado por el piso, ya hice todo lo irracional que me conectaba al dolor infinito, ya intenté negar lo que pasaba y ahora irremediablemente, a veces más rápido y otras más lento, a veces con más tiempo y a veces con menos, llega un momento de furia.
Furia es bronca, mucha, mucha, mucha bronca. A veces muy manifiesta como bronca y otras veces disimulada, pero siempre hay un momento en el que nos enojamos.
¿Con quién? Depende.
A veces nos enojamos con aquellos que consideramos responsables de la muerte: los médicos que no lo salvaron, el tipo que manejaba el camión con el que chocó, el piloto del avión que se cayó, la compañía aérea, el señor que le vendió el departamento que se incendió, la máquina que se rompió, el ascensor que se cayó, etc., etc. Nos enojamos con todos para poder pensar que tiene que haber alguien a quien responsabilizar de todo esto.
O nos enojamos con Dios. Si no encontramos a nadie y aún encontrándolo nos ponemos furiosos con Dios y empezamos a cuestionarlo.
O quizás nos enojamos con la vida, literalmente con la vida, con la circunstancia, con el destino. Y empezamos a putear y reputear la vida que nos arrebata al ser querido.
Lo cierto es que con Dios, con la vida, con uno mismo, con el otro, con el más allá, con alguien, siempre hay un momento en el que conectamos con la furia. Ahora con este y después con el otro.
O no. En lugar de eso o además de eso nos enojamos con el que murió. Nos ponemos furiosos porque nos abandonó, porque se fue, porque no está, porque nos dejó justo ahora, porque se muere en el momento que no era el adecuado, porque no estábamos preparados, porque no queríamos, porque nos duele, porque nos molesta, porque nos fastidia, porque nos complica, porque, porque, sobre todo porque nos dejó solos de él, solos de ella.
A veces si muere mi mamá, me enojo con mi papá porque sobrevivió. Me enojo con el hermano mayor de mi viejo, porque él vive y mi papá se murió.
Sea con el afuera, sea con las circunstancias, sea con Dios, con la religión, con el vecino, sea con el que no tiene nada que ver o con quien sea, me enojo.
Me enojo con cualquiera a quien pueda culpar de mi sensación de ser abandonado.
No importa si es razonable o no, el hecho es que me enojo.
Pero, ¿cómo puede ser que yo me enoje?
La verdad es que yo sé que los otros no son culpables de esto que los acuso. Lo que pasa es que la furia tiene una función. [...]
La furia tiene como función anclarnos a la realidad, traernos de la situación catastrófica de la regresión y prepararnos para lo que sigue; tiene como función terminar con el desborde de la etapa anterior pero también intentar protegernos, por un tiempo más, del dolor de la tristeza que nos espera.
LA TRISTEZA Y LA FURIA
"En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...
Había una vez un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida, sin saber por qué, se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua. Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró.
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino de la tristeza. Y así, vestida de tristeza, la furia se fue. Muy calmada, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza."
Esta furia que aparece aquí, en esta tercera etapa, es la furia que esconde la tristeza que se viene. La tristeza todavía no va a aparecer porque el cuerpo se está preparando para soportarla.
En el proceso natural de la elaboración de un duelo aparece tarde o temprano una etapa de la culpa. Nos empezamos a sentir culpables. Culpables por habernos enojado con el otro (se murió y yo encima haciéndole daño). Culpables por enojarnos con otros. Culpables con Dios. Culpables por no haber podido evitar que se muriera. Y empezamos a decirnos estas estupideces:
...por qué le habré dicho que vaya a comprar eso...
...si no le hubiera prestado el auto...
...si yo no le hubiera pagado el pasaje no podría haber ido a Europa...
...debería haberlo mandado al médico...
...si lo hubiera presionado un poco más se hubiera salvado...
...si yo hubiera estado entonces no habría muerto...
...quizás me llamó y yo no estaba...
¿Para qué hacemos esto? Sabemos lo que se viene, y estamos intentando defendernos.
Culparnos es una manera de decretar que yo lo habría podido evitar, una injusta acusación por todo aquello que no pudimos hacer...
por no haberte contado lo que nunca supiste,
por no haberte dicho en vida lo que hubiéramos querido decirte,
por no haberte dado lo que podíamos haberte dado,
por no haber estado el tiempo que podíamos haber estado,
por no haberte complacido en lo que podíamos haberte complacido,
por no haberte cuidado lo suficiente,
por todo aquello que no supimos hacer y que tanto reclamabas.
Y como no puedo enojarme con vos porque me privaste del tiempo de hacerlo y porque la etapa de la furia ya pasó, estoy coagulando para salirme de la bronca, cargando con el peso de la culpa.
Pero la culpa también es una excusa, también es un mecanismo.
La culpa es una versión autodirigida del resentimiento, es la retroflexión de la bronca. Está configurada de la misma sustancia que la furia, como el coágulo es de la misma sustancia de la sangre. La culpa no dura porque es ficticia y cuando se queda nos estanca en la parte mentirosa omnipotente y exigente del duelo.
[...]Y llego a una etapa, la quinta, desde lo subjetivo la más horrible de todas, la etapa de la desolación.
La etapa de la desolación es la verdadera tristeza.
Esta es la etapa temida. Tanto que gran parte de lo anterior pasó para evitar esto, para retrasar nuestra llegada aquí.
Aquí es donde está la impotencia, el darnos cuenta de que no hay nada que podamos hacer, que el otro está irremediablemente muerto y que eso es irreversible.
Piense yo lo que piense y crea yo lo que crea.
Crea yo en el mundo por venir o no, en el mundo de después o no, en el mundo eterno o no.
Crea yo o no que en algún lugar está mirándome y que nos vamos a encontrar, lo cierto es que en este lugar no hay nada que yo pueda hacer. Y esto me conecta con la impotencia.
Y como si fuera poco aquí está también nuestro temido fantasma, el de la soledad. La soledad de estar sin el otro, con los espacios que ahora quedaron vacíos.
Conectados con nuestros propios vacíos interiores.
Conectados con la certeza de que hemos perdido algo definitivamente.
No hay muchas cosas definitivas en el mundo, salvo la muerte.
Y ahora, darnos cuenta de todo esto.
[...]Nos damos cuenta de que las cosas no van a volver a ser como eran y no sabemos con certeza pronosticar de qué manera van a ser.
Y tomo absoluta conciencia...
y siento la sensación de ruina...
como si fuera una ciudad desvastada...
como si algo hubiera sido arrasado dentro de mí...
como si yo fuera lo que queda
de una ciudad bombardeada.
(Me acuerdo de las imágenes de Varsovia
después de la destrucción de los nazis,
nada en pie, sólo escombros).
Así me siento...
como si de mi interior
sólo hubieran quedado escombros.
Este es el momento más duro del camino. En honor a esta etapa se llama el camino de las lágrimas. Esta es la etapa de la tristeza que duele en el cuerpo, la etapa de la falta de energía, de la tristeza dolorosa y aplastante.
No es una depresión, si bien se le parece, claro que se le parece.
¿En qué? En la inacción. La depresión aparece justamente cuando me declaro incapaz de transformar mi emoción en una acción. A veces los deprimidos no están tristes, están deprimidos, pero no están tristes. Y éstos están tristes, no sé si están deprimidos, quizás sí, quizás no, pero lo que seguro están es desesperados... Están verdaderamente desesperados.
Pero no es la desolación de la sinrazón. Cuando nos encontramos con estas personas y las miramos a los ojos, nos damos cuenta de que algo ha pasado, de que algo se ha muerto en ellos. Y es bien triste acompañar a alguien que está en este momento. Es triste porque comprendemos y sentimos. Porque nos "compadecemos" de lo que le pasa, quiero decir "padecemos con" esa persona. Es lógico que así sea porque quien se ha muerto en realidad es este pedacito de la persona que de alguna manera llevaba adentro.
Los intentos de salirse de esta situación tan desesperante son infinito. Sin necesidad de que nos estemos volviendo locos para nada, puede ser que en esta etapa tengamos algunas sensaciones extrañas:
Despertar en la noche sintiendo la voz del difunto que nos habla,
creer que alguien que vimos en el subte era la persona que ya no está,
sentir el ruido en la cocina, como cuando cocinaba los panqueques que siempre hacía,
escuchar en la calle misteriosamente la música que siempre escuchaba.
Y aunque sepamos que no es cierto tenemosla impresión de que en realidad el otro está entre nosotros.
Impresión que lleva a muy buen negocio a los espiritistas y a toda esta gente siniestra que aprovecha estos momentos, sabiendo que quien está de duelo está sumamente vulnerable.
Se trata de verdaderas seudoalucinaciones, que si bien son normales no dejan de obligarnos a pensar dónde anda nuestra salud mental.
Si vuelvo a la que fue la casa de mi abuela y percibo su olor, esto no tiene ningún misterio, es el olor del lugar que asocio con mi abuela. Ahora bien, si yo voy a un lugar donde sé que mi abuela nunca estuvo y reconozco su olor, debe ser que hay un aroma que me hace acordar al de mi abuela, y no porque mi abuela esté por ahí, si se me ocurre pensarlo así posiblemente mi situación emocional me esté jugando una mala pasada. Una seudoimaginación no es una alucinación: yo sé que lo que estoy percibiendo no es, pero lo estoy percibiendo. Uno tiene la sensación, aunque sabe que es su cabeza la que está haciendo la trampa. Es muy fuerte pasar por estos momentos y muchos llegan a asustarse.
Están tan deseosos y tan necesitados que a veces podrían enredarse en creer cualquier cosa. Incluso pueden por supuesto creerles a quienes les digan que es posible conectarse con la persona muerta.
Lo malo de esta etapa de desolación es que es desesperante, dolorosa, inmanejable. Lo bueno es que pasa, y que mientras pasa, nuestro ser se organiza para el proceso final, el de la cicatrización, que es el sentido último de todo el camino.
Pero cómo podría prepararme para seguir sin la persona amada si no me cierro a vivir mi proceso interno, cómo podría reconstruirme si no me retiro un poco de lo cotidiano.
Eso hacen la tristeza y el dolor por mí, me alejan, para poder llorar lo que debo llorar y preservarme de más estímulos hasta que esté preparado para recibirlos, me conectan con el adentro para poder volver al afuera a recorrer los dos últimos tramos del camino de las lágrimas: el de la fecundidad y el de la aceptación.
En el final mismo de esta etapa de desolación empezamos a sentir cierta necesidad de dar. [...] Seguramente está muy lejos de ser la salida, pero es el principio de ella, un intento de resolver en mi cabeza lo que no puedo resolver en los hechos. Este principio de salida se llama identificación y me acerca al establecimiento de la etapa de fecundidad.
De la desolación se empieza a salir identificándonos algunos aspectos del muerto, focalizando transitoriamente algunas características para poder hacerlas mías. Cuando el proceso es normal, sucede como una revaloralización un poco exagerada de las virtudes reales del ausente y da lugar a la razonable crítica posterior.
Hablando de un chico que se murió puedo decir "era tan lindo, el más inteligente del grado, era maravilloso, y estaba llanado a grandes cosas". Pero si sigo diciendo que era la encarnación de lo perfecto, que era el más lindo niño que nunca existió y que era demasiado para este mundo y por eso Dios lo quería con él, estoy perdido. Erré el camino y la revaloración se transformó en idealización. Ya no estoy viendo las cosas. No hay nada peor que confundir valorar con idealizar; una me permite elaborar el dolor, la otra lamentablemente es una manera de no salirse de él.
Después de haber penado y llorado la ausencia me doy cuenta de que me alegra escuchar un tango cuando antes yo nunca escuchaba tangos, que me empieza a gustar cocinar, como a ella le gustaba, o que empiezo a disfrutar de los paseos al aire libre, que en realidad nunca aceptaba compartir. El proceso de identificación es un puente entre la oscuridad del túnel del duelo y la luz posterior. Puente necesario, porque sin identificación no puede haber fecundidad.
¿Qué es fecundidad? Es empezar a hacer algunas cosas dedicadas a esa persona, o por lo menos con conciencia de que han sido inspiradas por el vínculo que tuvimos con ella.
Voy a transformar esa energía ligada al dolor en una acción. Este es el principio de lo nuevo. Esta es la reconstrucción de lo vital, este es el comienzo: lograr que mi camino me lleve a algo que de alguna manera se vuelva útil para mi vida o para la de otros.
La última etapa del camino de las lágrima [...] es la etapa de la aceptación.
Aceptación quiere decir dos cosas. La primera es discriminarse. La palabra no es linda, pero no hay otra. Discriminarse de la persona que se murió, separarse, diferenciarse, asumir sin lugar a dudas que esa persona murió y yo no. Quiere decir que el muerto no soy yo. Quiere decir la vida terminó para ella o para él, pero no terminó para mi. Quiere decir resituarse en la vida que sigue.
La segunda cosa que quiere decir aceptar es "interiorizar". Recuerden, venimos de la identificación (Él era como yo) y de la discriminación (pero no era yo). Y sin embargo yo no sería quien soy si ni siquiera lo hubiera conocido. Algo de esa persona quedó en mí. Esto es la interiorización. La conciencia de lo que el otro dejó en mí y la conciencia de que por eso siguen vivas en mí, las cosas que aprendí, exploré y viví.
Lacan dijo algo fantástico respecto del duelo:
"Uno llora a aquellos gracias a quien es."
Y a mí me parece increíblemente sabio este pensamiento, esta idea.
Gracias a algunas personas yo soy quien soy, sea yo consciente o no del proceso.
De hecho, todos los seres que quiero en el mundo han tenido que ver con estoque soy hoy y por eso los lloraré cuando no estén.
El dolor de la pérdida es por la despedida de aquello, persona, cosa, situación o vínculo que ha sido fundamental en mi manera de ser.
Y aquí termina el camino.
¿Por qué? Porque me doy cuenta de todo lo que esa persona me dio y de que no se lo llevó con ella, me doy cuenta de que puedo tener dentro de mí lo que esa persona dejó en mí y encuentro que esta es una manera de tener a la persona conmigo. Entonces descubro que ya no tengo que seguir cargando con el cadáver por la vida.
La discriminación y la interiorización me permitirán aceptar la posibilidad de seguir adelante, a pesar de que como en todas las heridas también quedará una cicatriz.
¿Para siempre?
Para siempre.
¿Entonces no se supera?
Se supera pero no se olvida.
Cuando el proceso es bueno las cicatrices ya no duelen y con el tiempo se mimetizan con el resto de la piel y casi no se notan, pero están ahí.
Cuando yo hablo de esto me toco el muslo izquierdo y digo "acá está, esta es la cicatriz de la herida que me hice cuando me lastimé, yo tenía diez años".
¿Me duele?
No, ni siquiera cuando me toco.
No me duele.
Pero si uno mira de cerca la cicatriz está.
Fuente: El camino de las lágrimas de Jorge Bucay.
Al leer a Bucay, me asaltan una por una las imágenes que mi retina gravó aquel día. Le pedí a Bárbara que te bajase a la calle y tras decirme ella que sí, subí junto a ti a ponerte el collar. Te pusiste tan contento.. yo te intentaba tranquilizar mientras decidía si cogía la correa o no. De camino a las escaleras fui pensando en si te la pondría o si se la daría a Bárbara para que -si quería- te la pusiese ella. Opté por la segunda opción ya que la otra me parecía predisponerla a algo que ella quizás no quería. Se la di en la mano y os fuisteis.
Tardabais más de lo acordado. Cuando escuché la puerta -por fin- esperé a que subieses. Tú siempre subías.. pero aquel día no subiste. Empecé a decir -¿Bárbara?- , y nadie me respondió. Bajé las escaleras hasta el hall, y vi el silencio de mi hermana avanzar por el pasillo. Me miró y yo la miré. Tú no estabas con ella.
-Bárbara, ¿y el perro?
Me dijo que creía que era mejor que me sentase. Me empezaron a temblar las piernas, un calor ardiente me llenó el cuerpo y no me salían las palabras. Lo único que repetía una y otra vez era que dónde estabas. Y lo único que Bárbara me respondía era que no estabas, que debía sentarme..
Grité y me puse histérica. Me pudo la impotencia, la rabia, la desesperación.
-Está muerto, Cyn. Lo han atropellado.
Por unos instantes me negué aceptar aquello. Pensé que sería un error, que no te conocían, que estarías bien, que sólo estarías dormido, ... y me harté de pensar y empecé a llorar. Me invadió pena tan grande que me descompuse toda y lo único que pedía era que me llevasen contigo. Quería abrazarte. Te necesitaba a mi lado.
Bárbara me llevó a donde estabas. Pasé a la cocina de la mujer que te había atropellado. Estabas dentro de una caja de cartón. Al ver la caja, se me encojió en corazón. Pensarte ahí dentro era una pesadilla de la que estaba pidiendo a gritos despertar. Estabas metido dentro de una bolsa negra de basura. Te vi. Estabas acurrucado. Hacía quince días que te había cortado el pelo y estabas -por tanto- todo rapadito. Tus ojos estaban cerrados y tus patitas te hicieron un ovillo. Te habías quedado dormido para no despertar jamás. Un olor feo me golpeó con la realidad. Tu cuerpecito estaba inerte y tu cabeza cayó sobre mi regazo cuando te cogí en mis brazos.
Te enterré en Monterraso, en la finca de los abuelos. Papá te metió en el maletero. Otro golpe para mi. Y sólo era el principio. En el camino de ida mi corazón y mi mente iban detrás contigo, abrazando tu soledad y queriéndote en silencio. Me fue muy dificil aceptar que iba a volver a casa sin ti. Que al dia siguiente no daríamos nuestro paseo matutino juntos. Me fue dificil separar mi vida de ti, porque tú habías llegado a focalizarla casi por completo.
Cuando lleguamos a casa, nos esperaban Alfonso y Alejandro. Alfonso no había venido porque nadie se acordó en aquellos instantes de decírselo. Recibió la noticia por Alejandro, y cuando nos llamó para acompañarnos, ya estábamos de camino. Lo siento por ti, y lo siento por él. Te quería mucho. Cuando llegamos a casa nos sorprendió con que encima de la mesa de la cocina estaban esparcidos caracoles de pasta. Y no estaban puestos al azar. Se podía leer tu nombre: OLIVER. Una vela encendida y una foto tuya acompañaban aquel sentimiento. Llegué a casa y abracé a mi hermano. En mi abrazo pesaba mucha culpa.. y te metí a ti entre ambos.
Esa noche papá y mamá me dijeron que iban a deshacerse de tus cosas. Que verlas sólo me haría más daño. Yo no me sentía con ganas de nada. No quería pensar, sólo quería irme a dormir aquella pesadilla. Esa noche dormí con Bárbara. Me sentía sola y triste.
A la mañana siguiente papá y mamá se habían ido a trabajar. Me pasé la mañana encerrada en mi habitación. Y toda la tarde. Al día siguiente fui a clase. Los primeros días me los pasé en la facultad o metida en casa. A los dos días del accidente Alfonso recuperó para mi tus medallitas. Papá y mamá habían decidio tirar todo lo tuyo a la basura.
Me pasé muchas horas de los primeros días buscando un porqué. Arremetí contra el mundo por haberse lo que más quería. Despotriqué contra la mujer que te atropelló, contra mi familia por no haberme dejado sacarte, y por no haber cuidado mejor de ti, por no haberte dedicado más tiempo, eché la culpa a mi enfermedad de aquellos días, ...y al mundo en general. Nada de lo que se me dijese podía suavizar mi dolor.. fue un sentimiento horrible.
Como dice Jorge Bucay, pasé de la furia arremetida contra el prójimo, a la culpa. Me pesaba el no haberte atado la correa, el no haberte dedicado todos aquellos días más tiempo. Me pesó el que te sintieses solo en aquel cuarto frío del piso de arriba, el que pudieses llegar a sentir que no me importabas por no haberte sacado esos últimos días.. y todo esto aún me pesa.
Tras aquellos primeros días en los que me centré en mi, en mi desconcierto y en el rumbo que había dado mi vida, me pudo una impotencia que hasta entonces no había sentido. Me di cuenta de que nunca más ibamos a poder estar juntos de nuevo.
Fue entonces cuando creí en la posibilidad. ¿Y si pudiese volver a tenerte? ¿Qué precio estaría dispuesta a pagar? Así fue como empecé a escuchar tus ladridos en las noches de tormenta y a subir al piso de arriba a sabienda de que no ibas a estar. Empezaste a aparecer de cuando en vez corriendo delante de mi cuando bajaba las escaleras. Empecé a obligarme a cerrar la puerta del estudio de mamá para que no salieses.. Creí que te habías reencarnado en el corazón de un segundo perro, te sentí un día detras de mí mientras mantenía una conversación -sobre ti- con Rita, ...¿te idealicé? Más allá del amor que por ti siento, sé que muchas de las cosas que aquí -en este blog- te digo, son una mera idealización de la realidad. Que no son la realidad en sí misma. Pero es un proceso.
Sé que no volverás. Sé que es un hecho irreversible y que no depende de mí. Te di todo lo que tenía. Ahora debo seguir. Dice Bucay que la herida sana pero el recuerdo permanecerá siempre.Oliver, tú siempre serás parte de mí. Siempre, siempre, serás el regalo más bonito de mi vida.
Este blog empezó estando dedicado a ti. Y así seguirá siendo siempre. Las heridas sanan a fuerza de darte cuenta de que te han herido. Te contaré mi vida, con mis proyectos, mis ilusiones, mis logros y mis tristezas. Y te haré parte.
Te quiero.
Al leer a Bucay, me asaltan una por una las imágenes que mi retina gravó aquel día. Le pedí a Bárbara que te bajase a la calle y tras decirme ella que sí, subí junto a ti a ponerte el collar. Te pusiste tan contento.. yo te intentaba tranquilizar mientras decidía si cogía la correa o no. De camino a las escaleras fui pensando en si te la pondría o si se la daría a Bárbara para que -si quería- te la pusiese ella. Opté por la segunda opción ya que la otra me parecía predisponerla a algo que ella quizás no quería. Se la di en la mano y os fuisteis.
Tardabais más de lo acordado. Cuando escuché la puerta -por fin- esperé a que subieses. Tú siempre subías.. pero aquel día no subiste. Empecé a decir -¿Bárbara?- , y nadie me respondió. Bajé las escaleras hasta el hall, y vi el silencio de mi hermana avanzar por el pasillo. Me miró y yo la miré. Tú no estabas con ella.
-Bárbara, ¿y el perro?
Me dijo que creía que era mejor que me sentase. Me empezaron a temblar las piernas, un calor ardiente me llenó el cuerpo y no me salían las palabras. Lo único que repetía una y otra vez era que dónde estabas. Y lo único que Bárbara me respondía era que no estabas, que debía sentarme..
Grité y me puse histérica. Me pudo la impotencia, la rabia, la desesperación.
-Está muerto, Cyn. Lo han atropellado.
Por unos instantes me negué aceptar aquello. Pensé que sería un error, que no te conocían, que estarías bien, que sólo estarías dormido, ... y me harté de pensar y empecé a llorar. Me invadió pena tan grande que me descompuse toda y lo único que pedía era que me llevasen contigo. Quería abrazarte. Te necesitaba a mi lado.
Bárbara me llevó a donde estabas. Pasé a la cocina de la mujer que te había atropellado. Estabas dentro de una caja de cartón. Al ver la caja, se me encojió en corazón. Pensarte ahí dentro era una pesadilla de la que estaba pidiendo a gritos despertar. Estabas metido dentro de una bolsa negra de basura. Te vi. Estabas acurrucado. Hacía quince días que te había cortado el pelo y estabas -por tanto- todo rapadito. Tus ojos estaban cerrados y tus patitas te hicieron un ovillo. Te habías quedado dormido para no despertar jamás. Un olor feo me golpeó con la realidad. Tu cuerpecito estaba inerte y tu cabeza cayó sobre mi regazo cuando te cogí en mis brazos.
Te enterré en Monterraso, en la finca de los abuelos. Papá te metió en el maletero. Otro golpe para mi. Y sólo era el principio. En el camino de ida mi corazón y mi mente iban detrás contigo, abrazando tu soledad y queriéndote en silencio. Me fue muy dificil aceptar que iba a volver a casa sin ti. Que al dia siguiente no daríamos nuestro paseo matutino juntos. Me fue dificil separar mi vida de ti, porque tú habías llegado a focalizarla casi por completo.
Cuando lleguamos a casa, nos esperaban Alfonso y Alejandro. Alfonso no había venido porque nadie se acordó en aquellos instantes de decírselo. Recibió la noticia por Alejandro, y cuando nos llamó para acompañarnos, ya estábamos de camino. Lo siento por ti, y lo siento por él. Te quería mucho. Cuando llegamos a casa nos sorprendió con que encima de la mesa de la cocina estaban esparcidos caracoles de pasta. Y no estaban puestos al azar. Se podía leer tu nombre: OLIVER. Una vela encendida y una foto tuya acompañaban aquel sentimiento. Llegué a casa y abracé a mi hermano. En mi abrazo pesaba mucha culpa.. y te metí a ti entre ambos.
Esa noche papá y mamá me dijeron que iban a deshacerse de tus cosas. Que verlas sólo me haría más daño. Yo no me sentía con ganas de nada. No quería pensar, sólo quería irme a dormir aquella pesadilla. Esa noche dormí con Bárbara. Me sentía sola y triste.
A la mañana siguiente papá y mamá se habían ido a trabajar. Me pasé la mañana encerrada en mi habitación. Y toda la tarde. Al día siguiente fui a clase. Los primeros días me los pasé en la facultad o metida en casa. A los dos días del accidente Alfonso recuperó para mi tus medallitas. Papá y mamá habían decidio tirar todo lo tuyo a la basura.
Me pasé muchas horas de los primeros días buscando un porqué. Arremetí contra el mundo por haberse lo que más quería. Despotriqué contra la mujer que te atropelló, contra mi familia por no haberme dejado sacarte, y por no haber cuidado mejor de ti, por no haberte dedicado más tiempo, eché la culpa a mi enfermedad de aquellos días, ...y al mundo en general. Nada de lo que se me dijese podía suavizar mi dolor.. fue un sentimiento horrible.
Como dice Jorge Bucay, pasé de la furia arremetida contra el prójimo, a la culpa. Me pesaba el no haberte atado la correa, el no haberte dedicado todos aquellos días más tiempo. Me pesó el que te sintieses solo en aquel cuarto frío del piso de arriba, el que pudieses llegar a sentir que no me importabas por no haberte sacado esos últimos días.. y todo esto aún me pesa.
Tras aquellos primeros días en los que me centré en mi, en mi desconcierto y en el rumbo que había dado mi vida, me pudo una impotencia que hasta entonces no había sentido. Me di cuenta de que nunca más ibamos a poder estar juntos de nuevo.
Fue entonces cuando creí en la posibilidad. ¿Y si pudiese volver a tenerte? ¿Qué precio estaría dispuesta a pagar? Así fue como empecé a escuchar tus ladridos en las noches de tormenta y a subir al piso de arriba a sabienda de que no ibas a estar. Empezaste a aparecer de cuando en vez corriendo delante de mi cuando bajaba las escaleras. Empecé a obligarme a cerrar la puerta del estudio de mamá para que no salieses.. Creí que te habías reencarnado en el corazón de un segundo perro, te sentí un día detras de mí mientras mantenía una conversación -sobre ti- con Rita, ...¿te idealicé? Más allá del amor que por ti siento, sé que muchas de las cosas que aquí -en este blog- te digo, son una mera idealización de la realidad. Que no son la realidad en sí misma. Pero es un proceso.
Sé que no volverás. Sé que es un hecho irreversible y que no depende de mí. Te di todo lo que tenía. Ahora debo seguir. Dice Bucay que la herida sana pero el recuerdo permanecerá siempre.Oliver, tú siempre serás parte de mí. Siempre, siempre, serás el regalo más bonito de mi vida.
Este blog empezó estando dedicado a ti. Y así seguirá siendo siempre. Las heridas sanan a fuerza de darte cuenta de que te han herido. Te contaré mi vida, con mis proyectos, mis ilusiones, mis logros y mis tristezas. Y te haré parte.
Te quiero.