Fuiste tú el que me enseñó que la paciencia es una virtud, y la cabezonería bien empleada realiza milagros en los que nadie creía. Eras el perro más bonito del mundo, y, con diferencia, el más querido. Cambiaste mi vida, le diste un sentido, y le diste forma a mi felicidad.
Todo lo que diga y todo cuanto calle será poco. Lo que significaste tú lo sabes mejor que nadie. Y desde aquí, te doy las gracias.
